Mundo ficciónIniciar sesiónGinevra Giovanni
—¿A dónde vamos ahora? —cuestioné al ver que no estaba tomando el mismo camino que había usado desde la casa hasta el muelle. La carretera se estrechaba y la oscuridad parecía tragarse los bordes, ocultando los frondosos árboles que la bordeaban.
—Aún tenemos una última parada que hacer. Los italianos y los irlandeses comenzarán a organizarse en contra de mí; debo resolver algunos asuntos antes de sacar a mis hombres más vulnerables de la calle.
—Vaya —susurré algo impresionada. La revelación de su estrategia era inquietante y fascinante al mismo tiempo.
—¿Qué? —cuestionó sin mirarme, enfocado en la oscura carretera mientras nos llevaba al lugar al que tenía que ir.
—Los italianos dejarían a sus eslabones más débiles en la línea de fuego y llevarían a los mejores a zonas seguras.
—Un error —admitió,su voz grave resonando en el interior del auto —Pierdes la mitad de tus hombres de esa manera. Los mejores lo son por una razón; tienen mejor respuesta a la hora de un ataque. Además, el eslabón más débil confesaría todo ante la primera amenaza de tortura; los mejores preferirían morir antes que delatar.
—Tal vez por eso tu mafia sigue siendo la mejor.
—Lo es, porque su Pakhan protege a los suyos y te protegería a tí igual que como protejo a mis eslabones más débiles, aunque pareces saber defenderte mejor que muchos de ellos.
—Confianza, Pakhan, eso es lo que hace falta y algo que rara vez yo poseo.
El silencio nos envolvió después de mis palabras; no era un silencio incómodo ni reconfortante, simplemente era eso, un silencio en el que ninguno de los dos quería hablar, perdidos en nuestros pensamientos. No pasó mucho tiempo antes de que nos adentrásemos de regreso en la ciudad. Las calles se veían abarrotadas, un clásico de un sábado por la noche. Podía ver los restaurantes llenos, con luces brillantes que iluminaban las mesas al aire libre, los clubes con largas filas de personas esperando ansiosamente entrar, y el parque en el centro, repleto de niños y familias compartiendo risas antes de que la noche absoluta cubriera el cielo.
Cuando el Pakhan estacionó el auto, no pude evitar quedarme asombrada. Había escuchado hablar mucho del club. Era uno de los más lujosos, quizás el más exclusivo de la ciudad. Muchas de las mujeres italianas soñaban con cruzar sus puertas, pero no estaba permitido para nosotras; ningún italiano pisaba suelo ruso sin el consentimiento del Pakhan.
Él salió del auto y esperé a que diera la vuelta para abrirme la puerta. A pesar de que llevaba una correa en el cuello, no exigiría menos delante de un montón de personas que miraban el auto con curiosidad. Cuando bajé, él volvió a sostener mi mano y enrolló la cadena alrededor de su brazo, como si temiera que me perdiera en el mar de personas que estábamos a punto de atravesar.
Al cruzar la puerta, noté el leve saludo del guardia en su dirección y la mirada inquisitiva que posó sobre mí. Sin embargo, en cuanto su Pakhan le lanzó una mirada fría, volvió a dirigir su atención a la larga fila de personas en espera. Podía escuchar los murmullos que comenzaron en cuanto bajamos del auto, pero al pasar las puertas, la atronadora música hizo vibrar mi cuerpo, haciendo que olvidara cualquier cosa que pasaba por mi cabeza.
El lugar era simplemente maravilloso. Candelabros de cristal colgaban estratégicamente del techo, reflejando la luz de manera deslumbrante, mientras que la barra, hecha completamente de hielo, brillaba con luces azules que le daban un aire casi mágico, como si estuviera sacada de una caverna en la Antártida. Cada vez que guiaba mis ojos en cualquier dirección, había algo más atrayente que mirar, y parecía que me estaba volviendo loca tratando de absorberlo todo a la vez.
El Pakhan me arrastró por el lugar, mientras uno de los guardias le abría el camino para que pasara. La mirada de las personas sobre nosotros se sentía como un fuego ardiente. Tal vez no todo el mundo, pero alguno que otro podía saber que era italiana y sentía que el chisme se estaba corriendo a la velocidad de la luz al ver como se susurraban unos a otros.
Una italiana siendo sostenida por el Pakhan; definitivamente no era algo que se veía todos los días.
El seguridad nos guió hasta una mesa y le hizo un leve asentimiento antes de darse la vuelta y quedarse a unos pasos de distancia. El Pakhan soltó mi mano, pero mantuvo la cadena alrededor de su brazo y se sentó en el asiento que habían despejado para él. Yo me quedé de pie, sin saber qué hacer, hasta que él me jaló por la cadena, sostuvo mi cadera con uno de sus brazos y me sentó de golpe en su regazo.
Un leve chillido escapó de mis labios al sentir su cuerpo duro chocando con mi espalda. Estaba incómoda, así que me acomodé sobre su cuerpo y mis mejillas se tornaron rojas al notar que estaba restregando mi trasero contra él. Entonces, al sentirlo debajo de mí, me quedé de piedra. Su miembro comenzaba a endurecerse lentamente, presionando contra mis nalgas de manera certera. Un leve mareo me atravesó, y estaba segura de que no se trataba de la falta de comida; no, definitivamente no, esto tenía más que ver con la dureza y el calor de su cuerpo contra el mío.
Ni siquiera me dio tiempo a pensar demasiado cuando un camarero se acercó a nosotros, dejando un único vaso con un líquido claro y hielo sobre la mesa. Le hizo un asentimiento al Pakhan y se volvió a perder en el mar de personas tal y como había aparecido. Él tomó el vaso y, al estar de lado sobre él, lo vi llevarlo hasta sus labios y dar un sorbo largo. Su nuez de adán se movió en consecuencia y volvió a dar otro trago, antes de dejar el vaso en la mesa y tomarme el rostro con su mano y hacer que me inclinara hacia sus labios.
El líquido frío cruzó de su boca a la mía, y un escalofrío me recorrió con locura mientras sus labios tocaban los míos. No fue un beso, en lo absoluto; fue una muestra de dominio y control sobre mi cuerpo, y nunca había estado tan conforme con una muestra de poder de este calibre. Estaba embriagada, no solo por el alcohol, sino por su olor y su presencia. Y tuve que recordarme que ambos estábamos en juego de poder peligroso y que cualquier paso en falso me podría costar la vida, pero en ese momento nada de eso importó. Sólo la cercanía de sus labios contra los míos mientras tragaba el elíxir prohibido que había pasado de su boca a la mía.







