Capítulo 7

Ginevra Giovanni

Habían pasado dos horas; ese mismo tiempo me había mantenido leyendo un libro acerca de la historia de Rusia. Me resultaba interesante, no mucho, pero los demás estaban en ruso y no quería dejarles ver que sabía su idioma, al menos no todavía. Era mucho lo que se aprendía cuando alguien hablaba y creía que no le entendías, como lo que le dijo a Dominik esta mañana cuando sugirió que podía tratar mis heridas él mismo.

No pasó mucho tiempo cuando la puerta se abrió y el susodicho entró en el lugar mostraba un rostro preocupado y se acercó al escritorio del Pakhan con una expresión severa.

— Что происходит? (¿Qué sucede?) —preguntó Pakhan, levantando la vista de sus papeles.

—Я не знаю, что происходит, но союз между итальянцами и ирландцами состоялся. (No sé qué está pasando, pero la unión entre los italianos y los irlandeses se llevó a cabo.)

—О чём именно вы говорите? ( ¿De qué estás hablando exactamente?)—cuestionó Pakhan, poniéndose de pie, su figura imponente proyectaba autoridad en la habitación.

—Несмотря на то, что мы забрали невесту с собой, свадьба состоялась вчера, в том же самом месте, откуда мы её похитили. (Que aunque nos llevamos a la novia, la boda se llevó a cabo ayer, en el mismo lugar del que nos la habíamos robado.)

El Pakhan salió de su escritorio, su expresión se tornó más intensa. Yo seguí leyendo el libro como si no me estuviera enterando de nada de lo que estaban hablando, pero tuve que bajarlo y prestarle atención cuando se puso de pie frente a mí.

—¿Quién demonios eres? —me cuestionó, con la voz destilando veneno.

—Tú me secuestraste; deberías saber quién soy.

Gruñendo ante mi osadía, me tomó del antebrazo, evitando tocar mis muñecas, y me puso de pie sin importarle que el libro cayera al suelo con un golpe seco. La tensión en el aire era palpable.

—Tu familia celebró una boda ayer, justo después de que ¨te secuestré¨. No soy muy bueno con costumbres italianas, pero estoy muy claro de que si te comprometes con una mujer, no puedes cambiarla media hora después de que la secuestran.

—Ah, eso... bueno, yo no iba a casarme ayer.

Ante mis palabras, él pateó la mesa en medio de los sofás y se acercó a mi rostro con una expresión oscura, cargada de un sentimiento que no le había visto: pura maldad e ira.

—Será mejor que me expliques lo que me estás diciendo, Italiana. De lo contrario, te voy a lanzar a los perros para que te desgarren hasta que no quede nada de ti. Y, por favor —hizo una pausa—, por favor, no juegues conmigo esta vez; no es momento.

Solté un suspiro y traté de no mirarlo a los ojos mientras decía las siguientes palabras.

—Soy la hija bastarda del don de la mafia. Minutos antes de que me secuestraras, era simplemente una de las damas de honor de mi hermana, Alice. Ellos solo me pusieron el vestido y me dejaron en su habitación. Dos minutos después, apareciste y me llevaste contigo.

—¿Y por qué m****a no dijiste nada? —bramó, furioso.

—No te debo nada, Pakhan; no es mi responsabilidad que hayas hecho tu tarea mal.

Él se alejó de mí y comenzó a pasearse por la habitación, que estaba decorada con obras de arte enmarcadas y estanterías repletas de libros antiguos, como un león enjaulado. Dominik, pareciendo saber cómo se comportaba, se alejó unos pasos mientras él pateaba su escritorio de madera oscura con furia, provocando que se volcara, dejando caer papeles y objetos al suelo.

—Recoge a todos los putos italianos e irlandeses que te encuentres, esta noche les dejaré saber por qué no pueden joder con el Pakhan. Y tú,—dijo señalándome — vas a presenciar cada momento. Vas a cargar con sus muertes hasta el final de tu vida, porque pudiste haberlo evitado. 

Entonces, la rabia me invadió. 

—No te has dado cuenta ¿no es así? —Vi a Dominik negar lentamente, pero no me importó —No soy valiosa, Pakhan; solo soy la bastarda que cumplió su función en su familia, evitando que secuestraran a la llave de oro de la familia. ¿No ves que me han intentado matar ya dos veces? Están intentando evitar que me uses en contra de ellos.

—Oh, olvida la boda, rubita. Han intentado matarte porque sabes algo y sigues sin querer decírmelo.

Claro que sabía algo, sabía demasiado. Me había dedicado a recolectar información porque a nadie le importaba dónde estuviera o lo que hacía, siempre y cuando cumpliera con los deberes de la familia y mientras Giulia no estuviera molesta conmigo. Y ellos sabían que sabía demasiado y no confiaban en mí lo suficiente para que me mantuviera callada; de hecho, no confiaban en mí en absoluto, y con toda razón. Siempre me trataron como la basura de la familia, y ahora estaba en una posición en la que podía acabar con ellos y sus ventajas.

Pero Giulia aún me tenía palpitando de terror; me tenía vigilada. No sabía si podía confiar en  Pakhan para revelarle mis secretos, así que solo me mantuve callada.

—Bien, no digas nada. En algún momento descubriré lo que tanto miedo tienen de que reveles. Mientras tanto, rubita, vas a ver por qué soy el Pakhan de la mafia rusa.

Dicho esto, me tomó del brazo y salió de la casa conmigo a rastras, en dirección al calabozo del que me había sacado la noche anterior. Los vellos de mi piel se erizaron al entrar nuevamente en aquel lugar oscuro y húmedo, con Dominik siguiéndonos los pasos, su sombra proyectándose en las paredes de piedra.

Recordaba la habitación en la que había estado, y él entró antes de arrojarme al suelo con más fuerza de la que lo había hecho antes. El lugar se sentía más frío; el suelo estaba mojado y supuse que había sido después de limpiar la sangre del hombre que había muerto en este mismo lugar la noche anterior. Las paredes estaban frías al tacto, y el aire olía a humedad y descomposición.

—Envía a tu hermano aquí. Ella no saldrá hasta que lo crea conveniente y no recibirá ninguna de sus comidas hasta que yo lo ordene. ¿Quedó claro, Dominik?

—Sí, Pakhan.

Y luego se dio la vuelta y se alejó. Dominik me repasó lentamente con la mirada, su expresión llena de pesar, y suspiró antes de también salir de la habitación y cerrar la puerta detrás de él, dejando un eco sordo en el pasillo.

Sabiendo que nadie entraría, lloré, lloré hasta que ya no quedaron lágrimas.

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