Mundo de ficçãoIniciar sessãoGinevra Giovanni
Habían pasado horas desde que el Pakhan me había dejado en aquella habitación. El frío del suelo mojado se filtraba a través de mi ropa, y había tenido que sentarme en una esquina, encogida, mientras esperaba su siguiente movimiento. Sentía los músculos agarrotados y tensos ante la incómoda posición en el suelo, y el eco de mis propios pensamientos resonaba en las paredes de piedra.
Probablemente mis ojos estaban rojos e hinchados por todo lo que había llorado y, fiel a las palabras del Pakhan, no había recibido ninguna de las comidas del día. Agradecí haber tenido un desayuno copioso, pero de todas formas, mi estómago rugía como un animal enjaulado. De no ser porque estaba acostumbrada a los periodos de inanición por parte de Giulia, estaría gritando por comida.
No pasó mucho tiempo cuando la puerta se abrió. Esperé verlo a él, pero en su lugar, ocupando el espacio de la puerta, estaba Dominik. Lucía ropa táctica, botas negras y colores oscuros que lo hacían parecer aún más imponente. Me indicó con un movimiento de su mano que me pusiera de pie.
Con esfuerzo, me levanté, y él me analizó de arriba abajo mientras me acercaba, deteniéndose más tiempo en mis ojos y mejillas, confirmándome que de seguro estaban rojas e hinchadas por las lágrimas. Su mirada era seria, como si estuviera evaluando cada detalle de mi estado.
En completo silencio hicimos el recorrido de vuelta a la casa. La luz del sol ya se había extinguido, dando paso a la noche, y la oscuridad envolvía el camino. Esta vez no había hombres en la cocina y Marta no estaba por ningún lado mientras hacíamos nuestro camino hasta las escaleras, que crujían bajo nuestros pies.
Una vez en la habitación del Pakhan, él señaló un vestido rojo corto sobre la cama, que contrastaba con la oscuridad del entorno, y unas zapatillas de tacón de color negro. Me estaba vistiendo con los colores de su mafia, para enviar un segundo mensaje; supuse.
Sin siquiera hablar, por miedo a que mi voz se escuchara ronca, me metí al baño. Lavé mi cuerpo, agradeciendo el contacto del agua caliente con mi piel, que aliviaba un poco la tensión acumulada. Las paredes del baño estaban adornadas con azulejos oscuros, y el vapor se acumulaba, creando un ambiente casi opresivo.
En cuanto estuve lista, salí con la toalla envuelta alrededor de mi cuerpo y me acerqué al vestido rojo. Debajo de él había ropa interior, solo unas bragas pequeñas que supuse iban acorde con el ajustado vestido. Dominik no estaba por ningún lado, y tuve la confianza de desnudarme y colocarme todo rápidamente para proceder a peinar mi cabello. Por lo general, se le hacían ondas sutiles en las puntas, pero esta vez quedó totalmente lacio, llegando hasta la parte baja de mi espalda.
Unos toques en la puerta me sacaron de mi escaneo frente al espejo. La tensión en el aire era palpable, y sabía que el momento estaba por llegar.
—Puedes pasar.
Dominik apareció nuevamente frente a la puerta, pero esta vez llevando una cadena en sus manos, amarrada a un collar de cuero negro, que brillaba débilmente bajo la tenue luz de la habitación. Los vellos de mi piel se erizaron al verlo acercarse, pero antes de que pudiera decir algo, el Pakhan salió de detrás de él, arrebatándole el artefacto con una rapidez que me sorprendió.
— Я же тебе говорил, что никто ее не трогал. (Te dije que nadie la tocaba.)
Sus pasos fueron lentos cuando se acercó a mí, su mirada distraída con mi cuerpo. Me analizaba, como si aprobara la forma en la que el vestido se apegaba a mí como una segunda piel, resaltando cada curva. La habitación, con sus paredes de piedra y el aire pesado, parecía contener la tensión que crecía entre nosotros.
Algo en mis entrañas se estrujó cuando movió mi cabello fuera de mis hombros y me rodeó con la cinta de cuero, rozando mi piel en el proceso y causándo un escalofrío involuntario que no pasó desapercibido para él.
—¿Ahora soy tu perro? —él negó, su voz era un susurro cargado de ironía.
—Mi mascota, en realidad.
Mi ceño se frunció de forma profunda, y traté de buscar algunas palabras filosas que soltar, pero su mano tomando la mía me dejó totalmente desconcertada. Su agarre era firme, pero no agresivo, y en medio de la confusión, me sentí atrapada en su mirada.
—Vamos, rubita, tu familia hoy debe aprender la lección.
Sin esperar una respuesta, me arrastró fuera de la habitación, con Dominik siguiendo nuestros pasos. La luz de la casa era tenue, y las sombras danzaban a nuestro alrededor mientras avanzábamos. Su mano estrangulaba la mía mientras la otra sostenía la cadena que colgaba del collar. Si era honesta, no sabía cómo sentirme al respecto.
Me había visto envuelta en muchas situaciones extrañas, pero definitivamente me estaba dejando fuera de lugar. Él me sostenía de la correa como si fuera suya, como si fuera una posesión que mantener asegurada. Sin embargo, su mano rodeando la mía me daba una sensación de cosquilleo en el estómago que no sabía identificar, una mezcla de miedo y una extraña emoción que me descolocó.
Me estaba dejando fuera de juego y tuve que recordarme a mí misma que este hombre me había robado y me había mantenido en una celda durante horas sin comida.
Al salir de la casa, pude observar por primera vez el frente ostentoso de la mansión. Había una fuente en el centro de un jardín meticulosamente cuidado, con luces tenues que iluminaban las flores y una pequeña rotonda para los vehículos. En el frente, un vehículo deportivo de color negro, que parecía blindado hasta los dientes, brillaba bajo la luz de la luna, dándole un aire imponente a la escena.
Su acto me dejó estupefacta; en vez de dejarme tirada en la puerta, la abrió para mí con un gesto que me desarmó. Me ayudó a subir al auto, asegurándose de que estuviera bien acomodada en el asiento antes de dejar la cadena sobre mis piernas y cerrar la puerta para mí con un suave clic.
Él dio la vuelta al auto y se subió en el asiento del piloto. Mientras encendía el motor, el rugido del vehículo resonó en la noche, y me coloqué el cinturón de seguridad con un ligero temblor en las manos. Una vez que arrancó el auto y lo puso en marcha, volvió a tomar mi mano, y yo rodé los ojos, sintiendo una mezcla de frustración y confusión.
—No soy tan débil de corazón; no tienes que fingir falsa condescendencia. El camino hacia mi confianza no son actos de caballerosidad falsos.
—Soy caballeroso por naturaleza; esa parte no es falsa.
—Pareciste olvidarlo cuando me dejaste tirada en aquella celda sin comida.
Entonces, arrebaté mi mano de entre las suyas y lancé la cadena hacia su regazo, el metal resonando con un sonido sordo que rompió el silencio del auto.
—Sigue tratándome como un perro —le indiqué—; te hace ver más sincero y menos desesperado.
El silencio nos rodeó después de mis palabras, pesado e incómodo. Su única respuesta fueron sus nudillos blancos, apretando el volante con tanta fuerza que parecía que podría romperlo. La tensión en el aire era palpable, mientras el coche avanzaba por caminos oscuros, iluminados solo por los faros que rasgaban la noche.
La ciudad se desvanecía detrás de nosotros, y el sonido del motor se convertía en un eco lejano, dejando espacio para mis pensamientos. La incertidumbre de lo que vendría a continuación me mantenía alerta, cada segundo en su compañía era un recordatorio de la situación en la que me encontraba.







