Mundo de ficçãoIniciar sessãoGinevra Giovanni
Pasaron unos cuantos minutos antes de que la puerta se abriera, dejando ver al Pakhan con la misma apariencia con la que había dejado la habitación, solo que ahora su cabello estaba algo más desordenado, como si lo hubiese estado estrujando por alguna razón. La luz matutina entraba por la ventana, dibujando sombras alargadas sobre el suelo de madera.
Le tomó unos segundos identificarme acurrucada en una esquina de la habitación, con el arma en alto. Lentamente cerró la puerta y recorrió el espacio tratando de entender de dónde había sacado el arma, hasta que su mirada se posó en el cuerpo inerte tirado de espaldas en medio de la puerta del baño. El agua seguía corriendo por el piso, ya que no la había cerrado.
—Ni siquiera tuve que usar el arma —le dejé saber con una voz firme—, aunque tienes razón, cualquiera puede usar una.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —cuestionó, rodando los ojos— ¿Matarme?
Me encogí de hombros.
—No saldrás viva de aquí.
—Lo sé, pero puedo aplanar el terreno para mi familia. Con el Pakhan muerto, tu organización estaría un poco desorganizada las próximas semanas.
Él comenzó a reír y yo le seguí; ahora ambos estábamos riéndonos, la tensión momentáneamente disipada en el aire cargado de la habitación.
—Vaya, pero si gatita resultó ser una leona, me impresionas, rubita.
—Gracias, suelo causar eso.
—Pero ya basta de juegos, regresa el arma.
Él intentó acercarse a mí, pero solo lo dejé dar dos pasos antes de disparar justo al lado de su cabeza, el silenciador amortiguando el sonido.
—Tal vez no vaya a lograrlo, pero sí puedo intentarlo.
Él obedeció y se quedó quieto mientras observaba el lugar donde impactó la bala, consciente de que podía matarlo en ese instante.
—¿Y cómo vas a lograr eso esposada?
—Tienes las llaves en tu bolsillo —le dejé saber, moviendo el arma despectivamente.
—Luego vas a correr por ahí, lo capto.
Antes de que pudiera reaccionar, él llevó la mano hasta la espalda y sacó su arma, apuntándole directo hacia mí.
—Basta de juegos, suelta la puta arma.
Tal vez estaba un poco loca, pero no le hice caso. Había sido secuestrada por este hombre, estaba prisionera y esposada, y lamentablemente me estaba saliendo de control con un arma en las manos, teniendo por primera vez una posición de ventaja en este juego.
—Hagámoslo como en el viejo oeste, disparemos al mismo tiempo a ver quién se muere primero.
—Estás loca —gruñó mientras se acercaba, pero disparé nuevamente junto a su cabeza y se mantuvo en su lugar.
—Uno —comencé— dos, tres. —Aprieto el gatillo.
Mi disparo fue silencioso gracias al silenciador, pero el suyo fue totalmente ruidoso, creando un estruendo sordo que me atravesó la sien cuando pasó junto a mi cabeza.
Los dos fallamos, atinando junto a la cabeza de cada uno, e inevitablemente me reí.
—Entonces no eres tú quien quiere matarme.
Ya lo sabía, pero debía jugar mi jueguito hasta el final.
—No, no soy yo. De hecho, es tu familia psicótica la que intenta matarte y sigues sin decirme qué sabes.
—No mereces mi confianza —le dejé saber.
—Tampoco pienso ganármela, solo buscaré la forma de que hables.
—Vas perdiendo entonces.
Rindiéndome, lancé el arma al suelo y él ni siquiera se molestó en recogerla, sabía que no estaba interesada en matarlo.
—Estás agotando mi paciencia demasiado rápido —admitió.
—Yo estoy prisionera y no me ves quejándome, solo resignate.
—Puedo darte un tiro y acabar con esto.
—Y aun sigues sin hacerlo. Debes tener muchas teorías en tu cabeza si todavía quieres esperar a que las confirme o las niegue. Aparentemente soy valiosa para ti, Pakhan, así que ya no te tengo miedo.
Él se acercó peligrosamente, con la ira chispeando en sus ojos. Yo le sonreí cuando me tomó del cabello con menos fuerza de la que había pensado y colocó el arma debajo de mi barbilla.
—Siempre puedo hacerte sufrir —prometió suavemente.
—No más de lo que ya lo he hecho, Pakhan. Aunque quieras, no podrás romperme, porque ya estoy rota.
—Siempre puede ser peor, italiana.
—No después de haber estado en el infierno y salir viva de él. Después de eso, no hay vuelta atrás.
Con un poco de fuerza, me soltó y se alejó para sacar el arma del suelo. Luego se acercó al hombre inerte y se agachó para observar la zona morada alrededor de su cuello, dándose cuenta de que lo había estrangulado.
—No eres una italiana cualquiera —concordó consigo mismo.
—Solo soy mitad italiana —dije, confesándole algo de mí por primera vez.
—¿Dónde aprendiste a defenderte?
Me encogí de hombros, dejando la respuesta en el aire.
—Los italianos no permiten que sus mujeres manipulen armas ni que entrenen, así que o aprendiste sola o coqueteaste con algún guardia para que te enseñara.
No estaba muy lejos de la realidad, aunque quien me había enseñado había sido mi medio hermano, siete años menor que yo, pero entrenado desde los siete, suficiente para ser más fuerte y ágil de lo que yo era.
Después de ver lo que Giulia había hecho, había decidido regalarme un arma y enseñarme a defenderme para que algo así no volviera a pasar.
Giulia claramente había cambiado sus métodos después de mi primera muerte, pero aun así, saber defenderme me había ayudado mucho.
No le corregí nada al Pakhan, solo tendí mis muñecas en su dirección y él vio, por primera vez, la sangre escurriéndose de ellas a través de las esposas. También pareció fijarse más en mi labio roto y sangrante, y soltó un suspiro resignado mientras se acercaba.
—De haber tenido las muñecas libres, hubieses tenido más posibilidades.
—No te sientas mal por mí, Pakhan —dije en un tono meloso demasiado falso—. Siempre podré protegerme, incluso de ti, aunque creas ser quien está a cargo.
—Eres mi prisionera —dijo como si necesitara dejarlo claro.
—Lo soy, pero solo encarcelas mi cuerpo —y sabiendo que lo molestaba, di un par de toquecitos en mi mente—. Pero sigues sin poder ver que hay aquí, así que soy yo quien lleva la ventaja.
—Eso está por verse, rubita.







