Mundo ficciónIniciar sesiónGinevra Giovanni
El muelle al que nos llevó se encontraba del otro lado de la ciudad. Parecía abandonado o en desuso, con viejas estructuras de metal oxidado y el sonido del agua golpeando suavemente contra los pilares. Solo había una sola farola iluminando la zona de descarga, su luz parpadeante apenas lograba despejar la oscuridad que lo envolvía.
Todos los vellos de mi cuerpo se erizaron al ver a los hombres arrodillados con las manos atadas a sus espaldas, sus rostros reflejaban el miedo y la desesperación. Dominik se nos había adelantado y se encontraba de frente a ellos, con los brazos cruzados, su figura imponente contrastando con la fragilidad de aquellos hombres.
A diferencia de él, el Pakhan vestía de traje, negro como sus ojos y cabello, con los tatuajes de su cuello a la vista, que parecían contar historias de un pasado violento. No quería distraerme, pero la vista lo estaba haciendo casi imposible; había una mezcla de peligro y atractivo que me mantenía cautivada.
—Es probable que conozcas a alguno de estos hombres —me dejó saber mientras jaloneaba la correa directamente en vez de tomar mi mano.
Fui yo quien le dije que acabara con eso, pero de todas maneras, la falta del calor de su cuerpo cerca del mío me hizo sentirme más desnuda de lo que debería. Él iba unos pasos delante de mí, y yo caminaba detrás de él, segura, sin dejarle saber que me afectaba o que me molestaba que me estuviera arrastrando como a un cachorro. Porque realmente no lo hacía; por experiencia, sabía que los hombres rusos cuidaban sus cosas: sus armas, sus drogas, sus mujeres, e incluso a sus putas. Muy diferente a los italianos, que hasta compartían sus juguetes; los rusos no, y me hacía sentir segura que de alguna manera él me proclamara su posesión. A partes iguales, era una declaración hacia mi familia también.
—No tengo la intención de perder mucho tiempo en esto —le indicó a Dominik.
Este le tendió el arma sin dudarlo, y aun conmigo a rastras, se acercó a él para sostenerla. La noche se tornó aún más tensa, el aire pesado con la anticipación de lo que estaba por venir. Esperó a que Dominik levantara el teléfono para comenzar a grabar y, con un movimiento rápido y decisivo, soltó el primer disparo, impactando directamente en la frente del primer hombre. El sonido resonó en la oscuridad, un eco que parecía romper el silencio sepulcral del muelle. Seis disparos más le siguieron, dejando a los otros cuatro hombres en el suelo, inmóviles y silenciosos.
Mientras se acercaba a mí, colocó el cañón caliente contra mi cabeza, el metal frío contrastando con la calidez de mi piel.
—Debería matarte justo aquí y ahora —amenazó, pero yo lo vi como lo que era, una amenaza vacía.
No respondí; mi mirada se quedó clavada en la de él a varios centímetros de diferencia, gracias a la altura, pero no me amedrenté. Eso parecía estar frustrándolo y fascinándolo a partes iguales, como si mi resistencia lo desafiara de una manera que no podía ignorar. La oscuridad del muelle se volvió un escenario para un juego peligroso, donde la vida y la muerte se entrelazaban en un delicado equilibrio, y yo era un peón en un tablero que apenas comenzaba a entender.
—Sigo esperando que jales el gatillo, Pakhan —le susurré de vuelta.
Él me dio una sonrisa perezosa antes de despegar el arma de mi cabeza y girarla para tenderla en mi dirección.
—Veamos de qué estás hecha.
Mi mano intentó temblar cuando tomé el metal, pero lo contuve. Con determinación, tomé la cadena que me tendía, la enrollé en mi mano libre y me acerqué a los últimos cuatro hombres en la línea, con los ojos vendados y las manos atadas. La brisa fría del muelle acariciaba mi piel, y tuve que admirar que no estuvieran temblando, aun cuando siete de sus compañeros estaban tendidos en el suelo, sin vida. La escena era sombría, pero ellos mantenían una extraña calma, como si supieran que su destino estaba sellado.
Esto era un mensaje deliberado para mi familia: era una prisionera, sí, pero directamente la prisionera del Pakhan, suya para usar, pero también suya para proteger. La atmósfera se sentía cargada de tensión, y el murmullo del agua contra los pilares del muelle era el único sonido que rompía el silencio.
Sin dudarlo, solté el primer disparo; el eco resonó en la noche, y luego los otros tres. Miré directo hacia la cámara que sostenía Dominik, sintiendo el peso de su mirada.
—He mantenido la boca bien cerrada —escuché como los pasos del Pakhan se acercaban a mí —pero si vuelves a intentar matarme, no te van a gustar las consecuencias. Porque diré cada cosa que sé y tú sabes perfectamente que son muchas; puedo destruirlos en cualquier segundo, así que les sugiero que no vuelvan a probarme.
El silencio se volvió denso, como si la noche misma estuviera conteniendo la respiración. Dominik dejó de grabar y se quedó mirando al Pakhan, como si esperara indicaciones de su siguiente movimiento. A mis espaldas, él pareció indicarle que se fuera, porque se dio la vuelta y regresó a su auto, dejando una atmósfera de incertidumbre en el aire.
La luz de la farola iluminaba la escena de manera tenue, creando sombras que danzaban alrededor de nosotros, mientras el murmullo del agua seguía siendo un recordatorio constante de la vida que continuaba más allá de este oscuro enfrentamiento. Mi corazón latía con fuerza, consciente del peligro que aún acechaba, pero también de la extraña sensación de poder que había encontrado en ese momento.
—¿Sabes que esto es una declaración de guerra para tu familia? —preguntó, su mirada intensa fija en la mía.
Yo asentí, sintiendo el peso de sus palabras.
—Ellos la declararon primero.
—Aun no entiendo cual es tu papel con los italianos.
—Te dije que soy una bastarda Pakhan, solo soy una pieza reemplazable que sabe demasiado.
Él negó, como si estuviera descubriendo, poco a poco, las piezas del rompecabezas.
—Oh, rubita, si sabes demasiado, pero tu y yo sabemos que no eres una pieza reemplazable, al menos no en mi tablero.
—Solo porque tengo información que necesitas.
—Si me la dieras, sabrías que te protegería con mi último aliento, aun si ya no tuvieras más información que ofrecer.
—Suena bonito en los cuentos, pero he vivido demasiado tiempo en la realidad, Pakhan, y sé que en la mafia, cualquier mujer es reemplazable.
Dichas mis palabras, le tendí la cadena. Su expresión era implacable, imperturbable, pero un leve tic en su mandíbula apretada me dejó saber que no le gustó para nada lo que había dicho. La tensión entre nosotros era palpable, un hilo delgado que podía romperse con la más mínima provocación.
Pero yo sabía de lo que hablaba. Me había criado en la mafia italiana, y no importaba que compartiera sangre con el Don; siempre fui tratada como lo que era, una bastarda. Si no eras totalmente italiana, nadie daría la vida por ti, nadie movería un dedo por ti.
Así que no me engañaría; ellos solo querían de mí lo que sabía, y una vez lo tuvieran, sería un estorbo en el camino de sus elaborados planes. Así eran las cosas, y estaba bien con ello. Por eso jugaba a este juego. Tener algo valioso para él era lo que mantenía su atención en mí; de lo contrario, ya me hubiese tirado a los perros, como un desecho.
La oscuridad del muelle parecía absorber mis pensamientos, y el aire frío se sentía cargado de promesas y amenazas. Las sombras danzaban a nuestro alrededor, y el sonido del agua golpeando los pilares resonaba como un eco de la vida que había dejado atrás. Aunque la atención de un Pakhan no era algo que ninguna mujer debería desear, me encontraba jugando entre la vida y la muerte, y su bando era mi única salvación.
Cada mirada que cruzábamos era un recordatorio de la precariedad de mi situación. La luz de la farola iluminaba su rostro de manera tenue, resaltando los rasgos duros y la determinación que lo caracterizaba. En su mirada había una mezcla de interés y peligro, un juego de poder que me mantenía alerta.
El murmullo del agua se convertía en un canto de sirena, advirtiéndome del riesgo que corría. Mientras me mantenía firme, sabía que cada palabra que pronunciaba podía ser un paso hacia la libertad o hacia mi condena. Y aunque la vida bajo su mirada era una danza peligrosa, era la única forma de sobrevivir en este juego mortal.







