Capítulo 4

Ginevra Giovanni

Al salir del baño, con los ojos rojos y una toalla rodeando mi cuerpo, el Pakhan no estaba a la vista, así que tomé la ropa y me vestí con velocidad. Justo cuando terminaba de colocarme la remera negra y el pantalón de chándal que me quedaba grande, él entró en la habitación con una bandeja de comida en las manos. Se había duchado y cambiado su vestimenta táctica por unos pies descalzos y un simple pantalón de pijama, dejando su torso al descubierto, mostrando gloriosamente todos sus tatuajes y su cuerpo ridículamente musculoso y marcado.

—Toma —dejó la bandeja en la mesita del sofá que tenía en la habitación y se regresó a la cama, para colocar un código en su mesita de noche y sacar el arma que había estado llevando todo este tiempo. 

Un poco dudosa, me acerqué a la comida y mi estómago rugió por primera vez, como si ante la imagen de aquel delicioso plato recordara que estaba hambrienta.

—¿Seguro que no tiene veneno o alguna droga suya? —él rodó los ojos.

—Sale más barato darte un tiro que envenenarte; y de querer drogarte, ya lo estarías. Pero no comas, muere de hambre; cuando te desmayes, solo te pondré un suero. No vas a morir hasta que no saque toda la verdad de esa cabecita rubia tuya.

Encogiéndome de hombros, me senté en el sofá y tomé el sándwich de aspecto demasiado ruso para mi gusto. Llevaba carne y una mayonesa densa y pesada, pero debía admitir que era delicioso al paladar. Sin respirar, me comí todo y luego bajé el vaso de jugo por mi garganta hasta sentirme totalmente satisfecha.

No acostumbraba a comer cosas con tantas calorías en casa; de por sí, las mujeres italianas llevaban dietas ridículas antes y después de casarse para cumplir con las tallas impuestas por nuestra sociedad. Pero en mi caso, era peor. Era más voluminosa que cualquier italiana, lo que provocaba que Giulia me diera solo unas cuantas comidas pesadas a la semana y solo ensaladas y cosas integrales el resto de los días. Este hombre no lo sabía y tampoco se lo diría, pero me había dado uno de los mayores placeres que había tenido en meses: una comida adecuada a mis necesidades.

Cuando vio que justo terminaba, se puso de pie y sacó de su bolsillo unas esposas. Luego se acercó hasta mí y tomó mi mano para llevarla al brazo del sofá. El frío metal de las esposas se encontró con mi piel y me quejé ante lo mucho que las había apretado. Luego encerró la otra parte en el brazo del sofá y me dejó ahí para recoger la bandeja y sacarla de la habitación.

—¿No estarás hablando en serio? —susurré, lo suficientemente alto como para que lograra escucharme.

—Si te mueves un centímetro de ahí, voy a darte un tiro en la cabeza —amenazó.

—Soy una maldita italiana, no soy competencia para ti; ¿y aún así me encadenas? —él se encogió de hombros.

—Cualquiera puede usar un arma —dejó en claro— y, como bien has explicado, rubita, eres mi prisionera. Te saqué del calabozo, pero eso no quiere decir que te haya quitado el título.

—Esto es ridículo; ¿y si necesito ir al baño?

—Aguantarás hasta el amanecer, no está muy lejos de todas maneras; si no, siempre puedes hacerte encima.

Dichas sus palabras, apagó la luz y se acomodó en la cama para dormir, pero lo hizo boca arriba, con el arma acomodada sobre su estómago y cerró los ojos. 

Pero yo no podía dormir, no solo por el hecho de que estaba esposada en una posición incómoda, sino también porque no podía dormir con la luz apagada y mucho menos en un lugar desconocido. Había atravesado muchos terrores en la oscuridad de mi habitación, tantas veces que dormir era casi un milagro, pero hacerlo con las luces apagadas era imposible. 

No sabía qué horas eran, tal vez las cuatro de la mañana, pero solo me quedé ahí esperando a que amaneciera mientras sentía mi vejiga llenándose poco a poco. En cuanto los primeros rayos del sol iluminaron el cielo, el Pakhan se despertó, encontrándome en la misma posición que me había dejado y con los ojos abiertos, dándose cuenta de que había pasado toda la noche en vela.

—Buenos días, rubita —dijo con una voz ronca mientras se levantaba.

Durante toda la noche evité mirar hacia su dirección, pero ahora, al verlo erguido en todo su esplendor dejando ver su miembro despertó, no pude evitar sentarme y observar más detenidamente. La luz tenue de la mañana iluminaba su figura, resaltando cada tatuaje y músculo en su torso.

—Mis ojos están aquí arriba —dijo él, con una voz que resonaba en la habitación.

—Pareces un caballo —solté sin pensarlo, sorprendida por la audacia de mi comentario.

—Lo sé, es más grande que el de tu futuro esposo. Los hombres rusos somos así; a diferencia de los irlandeses, su tamaño promedio es diez, yo tengo unos veinte.

—Gracias por la información —respondí, con sarcasmo en mis palabras.

Él se acercó a mí, retirando las esposas del sofá, y su miembro estaba peligrosamente cerca de mi cara. Intenté no reaccionar y giré la mirada, mientras tomaba mi otra mano y las esposaba nuevamente. 

—¿En serio? —cuestioné, sintiéndome atrapada.

—Tengo que bajar a poner a mis hombres en orden y traer tu desayuno. Es muy temprano como para que salga a corretear detrás de ti.

Solté un suspiro de frustración y me puse de pie; mi vejiga estaba gritando por la liberación. Corrí al baño justo cuando él salía por la puerta. 

Una vez cerré la puerta del baño, me senté en el inodoro y suspiré de alivio mientras mi vejiga liberaba todo su contenido. Con prisa, tomé papel y me sequé, pero al subir mis pantalones, escuché cómo la puerta se abría lentamente. Pasos pesados resonaban en la habitación, y fruncí el ceño al darme cuenta de que no era el Pakhan; él había salido descalzo.

Sabiendo lo que se avecinaba, abrí la ducha al máximo, dejando que el agua hirviendo cayera al suelo. Me posicioné detrás de la puerta, preparada para lo que viniera. De repente, la puerta del baño se abrió de golpe, y un arma apareció en mi campo de visión.

Con la cabeza de la manguera, golpeé su muñeca, haciendo que el arma cayera al suelo. Cuando la puerta fue empujada, me aparté para evitar el impacto y, al hacerlo, apunté el agua caliente hacia el hombre alto y delgado que había entrado. El agua ardiente le quemaba la cara, y al intentar abalanzarse sobre mí, resbaló en el suelo mojado.

Aprovechando la distracción, me lancé sobre él, metiendo su cabeza entre mis brazos esposados y apretando con todas mis fuerzas. Él luchaba por deshacer mi agarre, pero las esposas mantenían mis brazos unidos. Solo logró magullar mis muñecas contra el metal, sintiendo cómo la piel se abría y comenzaba a sangrar.

No me rendí. A pesar de sus puños impactando en mi rostro y cuerpo, rodeé mis piernas alrededor de su torso, apretando con más fuerza hasta que dejó de moverse. Aun así, continué apretando, asegurándome de que estaba totalmente muerto. 

Su cuerpo cayó sobre el mío, como un peso muerto. Con esfuerzo, lo empujé lejos de mí y liberé mi agarre en su cuello. Podía sentir la sangre de mi labio inferior, resultado de uno de sus golpes. Sin querer mirarme en el espejo, me puse de pie y tomé el arma que había dejado caer. La observé; tenía un silenciador. Haciendo uso de mis destrezas, sosteniéndola con las esposas restringiendo mis movimientos, salí hacia la habitación, dispuesta a esperar al Pakhan para demostrarle que definitivamente cualquiera podía usar un arma.

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