Mundo de ficçãoIniciar sessãoGinevra Giovanni
Me había quedado dormida sin darme cuenta, pero algo me hizo salir del sueño incómodo que estaba teniendo: una presencia se imponía frente a mí.
No quería saber lo que me encontraría si abría los ojos, pero tuve que hacerlo y prefería no haberlo hecho, porque así vería claramente mi muerte. Un hombre, alto y fornido, de tez oscura, tenía un arma apuntando hacia mi rostro. Quise vomitar ante la familiaridad de la situación, pero solo me hice más pequeña y me acurruque contra la fría y rugosa pared.
—Tu madrastra te envía saludos. Me gustaría poder divertirme un poco contigo, como ella me sugirió, pero no tenemos mucho tiempo.
—Mátame de una buena vez —exigí—, así me ahorras todo este proceso.
El disparo resonó en todo el lugar, haciendo temblar mis nervios; mis ojos se cerraron y esperé el dolor que le seguiría, pero nunca llegó. Solo escuché un sonido seco de un cuerpo cayendo al suelo. Al abrir mis ojos, me encontré con el hombre tirado en el piso, con un disparo en la cabeza por el que brotaba sangre. Entonces miré mi vestido, el blanco manchado de suciedad, pero también de sangre fresca que pertenecía a este tipo.
Pasando saliva, miré hacia la puerta y me encontré con el Pakhan de la mafia rusa, con su arma aún apuntando al lugar donde había estado el hombre y una expresión de confusión en su rostro.
—Vaya, vaya, vaya, esto se está poniendo interesante —le escuché decir.
Su voz era traviesa y sus pasos lentos mientras se acercaba a mí con una mirada llena de curiosidad. Si bien el desprecio destilaba de mí hacia él y viceversa, en ese momento me acababa de salvar la vida.
—¿Qué es lo que hay en esa cabecita tuya? —cuestionó con una sonrisa oscura que me hizo erizar todos los vellos del cuerpo.
—Ya te lo dije, haz lo que quieras con el cuerpo; rómpelo, úsalo, mi mente no la tendrá.
—Oh, rubita, te aseguro que la tendré.
Alejando su mirada de mí, la enfocó en el hombre tirado en el suelo y comenzó a reírse.
—Vas a tener que darme algo —me advirtió— o te dejaré aquí para ver hasta dónde llegan los esfuerzos de tu familia por deshacerse de ti.
—Según veo, era uno de tus hombres.
—Eso parece —dijo, mirando el tatuaje en el cuello del hombre—, pero yo no di la orden, así que esto solo debe ser un truco de tu familia para deshacerse de ti. Algo debes saber, rubita.
—¿Y yo debo caer en el truco? Mi salvador vidente viene en el momento justo para salvarme. Si crees que vas a recibir algo de mí, lo siento, estás equivocado.
—¿Y prefieres arriesgarte? —cuestionó enojado— parece que ansías demasiado morir, jodida italiana. — Yo me encogí de hombros.
Por supuesto que sabía que esto venía directamente de Giulia, pero ni una sola palabra saldría de mi boca. Ella tenía el poder de matarme, pero también el poder de hacerme sufrir antes de que pasara, y prefería morir medianamente rápido a tener que rogar porque acabaran con mi vida.
—Y tú, ruso, estás haciendo demasiados esfuerzos por mantenerme viva; deberías acabar conmigo, así nos ahorras las molestias a los dos.
—Todavía tengo que hacer un trueque por ti y no me sirves de nada muerta.
Esta vez fue mi turno de reír. Si él supiera lo poco que valía para los malditos italianos, preferirían que quemaran media ciudad antes de hacer un intercambio por mí.
—Ahora, andando, no me arriesgaré a que me quiten mi moneda de cambio.
Fruncí el ceño ante su demanda, sin entender qué quería decir, pero cuando me sostuvo del brazo y me levantó del suelo, grité ante la fuerza que ejerció para arrastrarme fuera.
—Parece que tendré que llevarte como llaverito; anda, algo raro hay entre mis filas y tú pareces saber de lo que hablo.
—No tengo la más mínima idea, Pakhan —esta última palabra salió de forma despectiva y burlona, y él gruñó apretando un poco más su agarre en mi brazo.
—Tienes una boca muy respondona, rubita; contrólate un poco para que no me hagas perder la paciencia.
Cuando salimos por la puerta, terminamos en un pasillo con solo dos más de ellas a cada lado y una al final que suponía daba a las afueras de estas instalaciones cutres donde mantenían a sus prisioneros. Las paredes estaban descascaradas, y el olor a humedad y a metal oxidado impregnaba el ambiente.
Y en cuanto la atravesamos, mi boca se abrió con una sorpresa ridícula. Estábamos en un jardín a mitad de la noche, demasiado amplio y grande, con árboles altos cuyas sombras se extendían bajo la luz de la luna, y caminos de grava que crujían bajo nuestros pies. A varios metros de distancia, una casa enorme, de colores oscuros y aspecto moderno, que suponía era la del Pakhan, se alzaba imponente, iluminada tenuemente por faroles exteriores que delineaban la entrada principal.
En cuanto nos acercamos y atravesamos la puerta, aparecimos en una cocina; la iluminación tan brillante me hizo entrecerrar los ojos. El aroma a madera pulida y utensilios metálicos llenaba el ambiente, mezclado con un leve olor a comida reciente y café. Varias personas, desconocidas para mí, se movían con naturalidad, charlando en voz baja.
—Muévete, no tengo todo tu tiempo.
Sin importar la cantidad de personas en la cocina, solté lo que quería decir sin restricciones.
—¿Es acaso ese mi problema? —dije frunciendo el ceño— estaba muy cómoda donde estaba.
—Pasará un largo tiempo antes de que vuelvas a ver a tu familia.
—Hablaba de mi celda, señor Pakhan —y nuevamente el nombre salió despectivamente.
—Oh, Dios mío, estás agotando mi paciencia.
—Первая итальянка с когтями, которую я когда-либо видел. (La primera italiana con garras que veo.)
Eso fue lo que dijo uno de los hombres de la cocina en ruso, pero ellos no sabían que hablaba el idioma casi igual o mejor que ellos.
—Она оказалась гораздо более решительной, чем я ожидал от итальянки. (Está resultando ser más fiera de lo que esperé de una italiana.)
En cuanto salimos de la cocina, una enorme sala nos recibió, con unas escaleras enormes en el centro. La casa era hermosa y con un gusto mucho mejor del que tenía mi familia. Las paredes estaban adornadas con cuadros modernos, y la madera pulida del suelo reflejaba la luz cálida de los candelabros colgantes.
Sin detenerse un segundo, las subió de dos en dos llevándome a rastras con él, y cruzamos los pasillos de forma rápida hasta chocar de frente con una puerta doble de color negro. Al entrar, cerró la puerta y me arrojó al suelo sin importarle si me lastimaba.
—Dúchate, apestas al demonio.
—No voy a desnudarme contigo aquí.
Entonces hizo lo que menos pensaba que haría: soltó un disparo justo al lado de mí, haciendo un agujero en el suelo. Mi cuerpo saltó del susto y, al ver su peligrosa mirada, me abracé a mí misma, recordando que él era el Pakhan de la mafia más peligrosa de todos los tiempos y yo parecía haberlo olvidado. Mi rebeldía solo era una expresión de mi miedo, pero eso él no lo sabía y parecía haber agotado toda su paciencia.
—Si no quieres dos disparos en cada una de tus rodillas, métete al maldito baño y saca la mugre de tu cuerpo. De paso, tira tu rebeldía por el desagüe, porque estás agotando mi paciencia.
Al ver la locura y la vehemencia en sus palabras, solo me puse de pie y entré en la puerta que él había señalado. La cerré con llave y me deshice del vestido para meterme a la bañera. Entonces, solo ahí, sabiendo que no había ninguna cámara y que nadie podría entrar sin que me diera cuenta, dejé que las lágrimas y los sollozos salieran, confundiéndose con el ruido del agua cayendo mientras mojaba mi cuerpo.
Acababa de salir de una prisión para entrar en otra y, aunque estaba en el corazón de la Bratva, definitivamente estaba en un lugar mejor, observada por Giulia, pero protegida de su incidencia inmediata sobre mí.
Ahora solo tenía que buscar una manera de entretener al Pakhan y buscar la forma de escapar, lejos de la mafia italiana, lejos de la mafia rusa y lejos de todo lo que me hacía daño.







