Cruzaron toda la propiedad hasta llegar al garaje, aunque más que un garaje, parecía un parqueo privado. Allí, frente a América, se alzaba un hermoso auto azul marino, reluciente, con una elegante "T" en el frente.
—Es tuyo —dijo Nathan con una sonrisa.
Ella no pudo contener la emoción: lo abrazó y lo besó en ambas mejillas. "Cuánto daría por besarle la boca", pensó sin poder evitarlo.
—¡Gracias! Es muy hermoso.
—Ya sabes que, si decides irte, puedes llevártelo. Aunque... espero que no te vayas