—Qué niñas más lindas las que alegran mi tarde —dijo Nathan tras saludar a ambas con su voz suave y medida—. Por favor, señoritas, siéntense, ¿gustan una taza de té?
En la mesa reposaban una tetera humeante y unas delicadas tazas de porcelana.
—Claro, será un placer —respondió Larissa, entusiasmada, casi como una niña que se adentraba en un juego elegante.
Las dos se sentaron en la pequeña mesa. Nathan, atento, les sirvió el té como si estuviera montando una escena perfecta.
—Te tengo una sorpr