América bajaba las escaleras con hambre y una sonrisa ligera en el rostro. Le encantaba comer en la cocina con Consuelo. En los pocos días que llevaba en aquella casa, se habían hecho buenas amigas.
—¡Buenas tardes! —saludó con entusiasmo.
Consuelo, que estaba sentada leyendo un libro que parecía una novela de fantasía, alzó la mirada.
—Buenas tardes, niña. ¿Quieres comer algo?
—Sí, pero tú sigue leyendo. Me prepararé un sándwich —respondió América, buscando los ingredientes.
Consuelo asintió y