Isabela, desconcertada, levantó la cabeza con los ojos nublados y alcanzó a ver a un joven de rasgos finos, vestido con traje, que estaba frente a ella. Detrás de él, un hombre alto y bien proporcionado, con un traje y un sombrero que le cubría el rostro, dejaba adivinar poco de su aspecto, pero de él emanaba una presencia imponente de alguien con poder.
Parecía… un pez gordo.
Isabela miró a su alrededor. Creyéndose en un rincón, se dio cuenta de que en realidad estaba en la entrada del estacionamiento.
—Disculpe, yo…
Se disculpó instintivamente e intentó ponerse de pie para apartarse, pero de repente sintió la cabeza pesada y los pies ligeros, y se desplomó sin fuerzas.
Un abrazo firme la recibió y la envolvió al instante.
Isabela quiso abrir los ojos, pero un mareo violento la arrastró a un abismo de inconsciencia.
—Señor, ¿por qué se desmayó? Esto…
—Llévala al hospital.
El hombre estaba a punto de entregar a la mujer a su asistente cuando, de repente, una ráfaga de viento apartó el cabello que le cubría el rostro. En ese instante, aquel semblante delicado y fuera de lo común quedó expuesto ante sus ojos.
El hombre clavó la mirada en el rostro de la mujer, apretó el abrazo con fuerza y, al segundo siguiente, subió con ella al coche sin soltarla, dando una orden en voz baja:
—Anula la cena. Vamos al hospital.
***
Isabela sufría de anemia severa, lo que le provocaba desmayos con frecuencia.
Al despertar entre sueños, notó que su cuerpo estaba limpio y fresco.
Olió a desinfectante. Quiso abrir los ojos, pero estaba tan débil que ni siquiera le quedaban fuerzas para eso.
De repente, dos voces familiares llegaron a sus oídos.
Aquellas voces, como agujas, le atravesaron el corazón y la dejaron paralizada.
—Lucas —era Valeria, que bajaba la voz adrede—, ¿podríamos… pedirle al médico que aproveche que está inconsciente y le extirpe el útero?
Hizo una pausa y su voz se volvió más dulce:
—Cuando despierte, le decimos que fue necesario para salvarle la vida. ¿Qué te parece?
Isabela apretó los dedos sin querer, manteniendo los ojos cerrados, escuchando con atención.
La voz de Lucas seguía siendo suave, sin apenas alterarse:
—No, Valeria. Eso sería demasiado cruel para Isabela.
—¿Cruel? —la voz de Valeria se quebró al instante, como si estuviera llorando—. Pero ella ahora no piensa más que en quedarse embarazada. ¿Qué hacemos?
Elena crece cada día, y el que tengo aquí dentro pronto nacerá. Si… si ella llega a tener su propio hijo, ¿cómo va a querer de verdad a los míos? ¡Jamás los aceptaría!
—Ella tiene anemia severa. Ya sabes que no es apta para tener hijos —dijo Lucas con una seguridad que lo controlaba todo—. No te preocupes por eso.
—Pero… pero no siempre podemos tener la “suerte” de que pierda el bebé. ¿Y si la próxima vez el embarazo se afianza? —Valeria lo increpó con voz entrecortada—. Lucas, ¿y Elena? ¿Acaso mis hijos tienen que vivir siempre como bastardos escondidos?
—No se quedará embarazada.
La voz de Lucas era fría y despiadada:
—Hace tiempo que cambié las vitaminas que toma cada noche por pastillas anticonceptivas.
Isabela, con el cerebro sacudido por un impacto brutal, abrió los ojos de golpe y clavó la mirada en los dos que estaban junto a la ventana a su derecha.
Ellos no se dieron cuenta.
Valeria se acurrucó en los brazos de Lucas:
—Lucas, eres tan bueno conmigo. Te quiero.
Lucas le besó la frente con naturalidad:
—Claro que sí. Tú y yo somos la verdadera familia.
Isabela los vio disfrutando de su intimidad como si ella no existiera. El color se le borró del rostro. Quiso levantarse a increparlos, pero un nuevo mareo la invadió y volvió a desmayarse.
Gracias a que la atendieron a tiempo, Isabela pudo salir del hospital tres días después.
Lucas, Valeria y su hija Elena fueron a buscarla.
Elena, como una pajarilla feliz, se lanzó a sus brazos con un enorme ramo de rosas blancas y exclamó con voz clara:
—¡Madrina! ¡Por fin sales del hospital! ¡Te echaba mucho de menos!
Isabela bajó la mirada y dijo con voz fría:
—¿Ah, sí?
Elena levantó su cabecita:
—¡De verdad! Cada noche cerraba los ojos y hablaba a las estrellas para que tú te pusieras buena pronto.
Valeria se sentó con elegancia al borde de la cama, con una sonrisa dulce como siempre:
—Isabela, Eli es sincera. Esta niña te quiere muchísimo. No para de decir que quiere irse a vivir a tu casa hasta que te recuperes del todo. Qué bonita conexión, ¿verdad?
Isabela apretó los dedos sin hacer ruido bajo la manga, las uñas casi clavándose en la palma:
—¿Ah, sí? ¿Quieres venir a vivir a mi casa, Elena?
—¡Sí, madrina! —Elena dio un saltito de alegría—. ¡Vamos mamá y yo a vivir contigo! Te cantaré canciones, y mamá cocina riquísimo. Estaremos todo el día pendientes de ti para que te pongas bien fuerte. ¿Te parece?
Los nudillos se le blanquearon por la fuerza. Isabela sintió que el poco aliento que la sostenía en el pecho se esfumaba en un instante.
Levantó la vista y miró a Lucas, que había permanecido en silencio:
—Lucas, ¿tú qué opinas?
Lucas dio un paso adelante y envolvió sus manos con las suyas, cálidas y grandes:
—Valeria se tomó muchas molestias… y Eli te quiere tanto. Me parece bien. Además, tengo bastante trabajo.
Isabela movió los labios, y su voz cayó en el aire como una pluma, con las uñas hundidas en la carne:
—Bien. Si tú lo dices… está bien.
“Ya da igual. Solo quedan veinticinco días. La casa, el hombre, la empresa… Tómalo todo, Valeria. Ya veremos si luego puedes con semejante ‘regalo’.” Ella pensó.