Capítulo 5
Al regresar al dormitorio de la mansión, Isabela sentía un frío que le calaba hasta los huesos y casi no podía mantenerse en pie.

Reuniendo sus últimas fuerzas, giró con manos temblorosas la cerradura de aquel cajón que llevaba tiempo sin abrir.

El cajón se abrió y salieron a la luz todos aquellos “recuerdos” que había guardado con tanto celo:

Una piedra en forma de corazón.

Una postal descolorida de un viaje.

Un viejo vinilo de los Beatles.

Una cadena de plata que Lucas había pulido con sus propias manos en sus tiempos inexpertos…

Y un montón de cartas atadas con una cinta: aquellas que él le había escrito como “declaraciones de amor”.

Cada uno de aquellos objetos había sido un tesoro para ella, pequeñas muestras de cariño que había atesorado con todo su corazón.

Pero lo que presenció unos días atrás convirtió esos recuerdos en algo falso y mezquino, una broma de mal gusto.

Falso.

Todo había sido falso durante cinco años.

¿Para qué seguir guardando aquella basura con la que solo se engañaba a sí misma?

Con el rostro inexpresivo, metió todo en la basura de un solo manotazo.

El mundo parecía girar a su alrededor a una velocidad vertiginosa; las sienes le palpitaban como si fueran a estallar.

Se acostó sin quitarse la ropa, hundiéndose en el mullido edredón.

¡Pum!

La puerta se abrió de golpe por un empujón brutal.

Elena, vestida con un vestido de tul rosa, entró corriendo y se lanzó sin miramientos a la cama, sacudiendo los brazos de Isabela con sus dos manitas:

—¡Madrina, madrina! ¡Levántate y juega conmigo al caballito! ¡Como la última vez! ¡Yo quiero ser la jinete!

Su carita estaba encendida de emoción.

Isabela revivió en un instante aquella noche de hacía unos meses, recién mudada a la nueva casa.

Entonces, llena de ilusión por tener una “familia”, había tratado a Elena como a su propia hija y, sin dudarlo, se había arrodillado en la alfombra para que la niña se subiera a su espalda.

Ese día, cuanto más saltaba Elena sobre su espalda, más se reía Valeria, y ella no se había dado cuenta de nada, feliz de dejarse pisotear.

Al recordar que en aquel momento había llegado a pensar seriamente en adoptar a Elena, un asco violento le subió de nuevo por la garganta.

Isabela se incorporó de golpe, con esfuerzo, y se quedó mirando fijamente aquella carita. Su voz salió ronca:

—Elena… ¿Yo te he tratado bien?

—¡Sí! ¡Mi madrina es la mejor del mundo! —Elena asintió con energía, y añadió— ¡Y sería mucho mejor si fueras mi mamá!

Isabela, haciendo un gran esfuerzo por mantenerse en pie, fingió no entender:

—Pero… tú ya tienes mamá. ¿Por qué quieres que yo también sea tu mamá?

Elena inclinó la cabeza y respondió con voz clara:

—Porque no quiero que tú y papá tengan un hijito o una hijita. ¡Así papá solo me querrá a mí!

De repente se lanzó sobre Isabela y la abrazó con fuerza por el cuello.

—¡Madrina, adóptame como tu hija, anda! Te prometo que me portaré mejor que una hija de verdad. ¡Cuando seas mayor, ganaré mucho dinero para cuidarte!

Aquello no era algo que pudiera decir una niña de cinco años. Estaba claro que alguien se lo había enseñado.

Isabela sintió la sangre helarse en sus venas.

Un asco visceral la invadió, y apartó a Elena de un empujón.

Elena, que no se lo esperaba, tropezó y cayó sentada en la alfombra.

Al ver que su dueña se enfadaba, el perrito Peque, un Pomerania, saltó a la cama y se acurrucó en el regazo de Isabela, gimiendo con preocupación.

Isabela hundió los dedos en el suave pelaje de Peque y lo acarició una y otra vez.

Levantó la vista hacia Elena, que seguía en el suelo, aturdida, y dijo con voz fría y clara:

—Con Peque es suficiente. No me interesa adoptar niños.

Negó con la cabeza, con la mirada vacía:

—Lo siento, Elena.

—¡Buaa!

Elena tardó unos segundos en reaccionar, y entonces un llanto desgarrador de indignación llenó toda la habitación.

De repente, como una pequeña bomba, se lanzó contra Isabela y le dio un fuerte golpe en el vientre, y acto seguido le clavó los dientes en el brazo.

Isabela tembló de dolor; gotas de sudor frío resbalaron por su frente.

La puerta, que estaba entreabierta, se abrió de par en par entonces.

La alta figura de Lucas entró como una ráfaga de viento, con el rostro lleno de preocupación:

—¿Qué pasa? ¿Por qué está Elena en el suelo llorando?

Sin mirar siquiera a Isabela, se acercó directamente a la niña.

—¡Buaaah… papá! —Elena, como si viera a su salvador, se lanzó a los brazos de Lucas y señaló a Isabela con el dedito—. ¡Mi madrina ya no me quiere! No quiere hacerme su hija y me ha empujado muy fuerte. ¡Me he hecho daño!

Lucas cogió a Elena en brazos y miró a Isabela con una mirada tan fría como el acero:

—Isabela, ¿es verdad?

Isabela estaba medio recostada en la cabecera de la cama. No dijo nada. Solo lo miró, mientras se le enrojecían los ojos rápidamente.

Lucas intuyó que la situación era más complicada de lo que parecía, y su tono se suavizó un poco, pero no soltó a la niña:

—Isabela, voy a llevar a Elena fuera para calmarla. No tengas miedo. Enseguida vuelvo a tu lado.

Dicho esto, con la niña aun sollozando entre hipidos, se dio la vuelta y salió rápidamente.

La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral.

Isabela se dejó caer sin fuerzas sobre la almohada. De repente, comprendió algo.

Los mareos cada vez más intensos y aquella grave anemia que había desarrollado… todo empezó cuando Valeria regresó a la empresa después de su baja por maternidad.

Como Isabela se desmayaba a menudo sin causa aparente, Lucas le sugirió que se quedara en casa para recuperarse.

En aquel entonces, ella y Valeria tenían muy buena relación, así que antes de dejar su puesto de vicepresidenta, le transmitió a Valeria toda su experiencia laboral para que pudiera ayudar a Lucas en todo lo necesario.

Isabela nunca lo había sospechado, pero ahora algo le parecía muy extraño.

Rápidamente llamó a Héctor:

—Héctor, en el hospital aún deben de tener las muestras que me sacaron en las últimas revisiones. Haz que las envíen a hacer análisis más minuciosos.

Héctor respondió:

—De acuerdo, señorita. Voy a ello.

No fue hasta el anochecer cuando Lucas entró con una bandeja en la que había un tazón de arroz con verduras.

Dejó la bandeja en la mesilla de noche, dio la espalda un momento y luego se giró. Su voz delataba un evidente fastidio:

—Isabela, ¿de verdad empujaste a Elena?

Isabela bajó la mirada:

—Sí.

Lucas elevó el tono:

—Después de todo es una niña… ¿Cómo has podido…?

Isabela levantó la cabeza de repente:

—Nos pidió que no tuviéramos hijos, que ella quiere ser la única. No es nuestra hija. ¿Acaso una niña de cinco años dice esas cosas sin que nadie se las enseñe?

Lucas se quedó rígido un instante, casi imperceptiblemente.
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