—¡Ay, por Dios! —Isabela se lanzó hacia delante sin control.
De repente, una mano grande le agarró la muñeca con tanta fuerza que casi le dolió. Al segundo siguiente, el mundo dio vueltas a su alrededor y sintió que la tiraban hacia atrás, estrellándose contra un pecho duro como una roca.
—¡Uf! —Isabela inhaló bruscamente, y la nariz se le llenaba del aroma frío del cedro, mezclado con un leve olor a sal marina.
Antes de que pudiera levantar la cabeza, el estómago se le revolvió.
Un vómito le su