Ya era muy tarde cuando Stella y Cyrus regresaron al departamento. El reloj casi daba las diez de la noche cuando cruzaron la puerta, riendo como si el dolor y la tristeza no existieran en el mundo... o, mejor dicho, en su mundo.
—No puedo creer que ese hombre, en la calle, de verdad nos haya querido vender ese anillo como si fuera un diamante real —dijo Stella.
—Seguramente pensó que éramos tontos —comentó Cyrus.
Stella dejó las bolsas con las cosas que Cyrus le había regalado sobre la c