VALENTINA
Cuando por fin cerré la puerta de mis aposentos, todo el aire que había estado reteniendo en los pulmones escapó en un jadeo roto. Mi espalda se desplomó contra la madera sólida, como si los huesos hubieran dejado de serlo. Hundí el pestillo con dedos que no reconocía, temblorosos, y el clic metálico resonó en el silencio como el cerrojo de una celda.
Allí me quedé, sin fuerzas para moverme, con la frente apoyada en la puerta, escuchando el eco acelerado de mi propio corazón. Latía con violencia, como si quisiera romperme el pecho desde dentro. No era miedo. No del todo. Era algo peor: conciencia.
Me deslicé lentamente hasta el suelo. El hábito pesaba como una condena. Durante años había sido refugio, promesa, frontera. Ahora era una prueba. Una acusación. La lana áspera me raspaba la piel sensible, y ese contacto me devolvía, una y otra vez, al recuerdo que intentaba aplastar.
Lo arranqué de mi cuerpo con un movimiento brusco, casi desesperado. La tela cayó a mis pies, negr