DORIAN
La puerta de mi despacho se cerró tras de mí con un golpe seco, definitivo. No miré atrás. Avancé por el pasillo largo y estrecho que conduce al ascensor, mis pasos resonando contra el mármol como un conteo que no sabía a dónde me llevaba. Ninguno de mis hombres dijo una palabra. Sabían leerme el rostro, y lo que vieron allí no admitía comentarios. El alboroto detrás de la puerta, había dejado muy poco a la imaginación.
Al salir al exterior, la llovizna caía fina, persistente, casi invisible. Las calles estaban vacías, entonces pensé en ella. El orfanato estaba lejos. Fue un gesto estúpido impropio e innecesario de mi parte, pero que nació hacerlo.
Vi un taxi libre avanzar despacio por la avenida. Levanté la mano apenas, un movimiento mínimo, y el coche se detuvo de inmediato. Me acerqué a la ventanilla.
—Espérate aquí —le dije al conductor, quien pareció recocerme o al lugar y asintió—. Dentro de unos minutos, una monja saldrá de ese edificio. La llevarás a su destino sin hace