VALENTINA
No quería ver a la Madre Agnese, pero sabía que era inevitable. Después de orar y llorar en silencio en la capilla, con las rodillas aún doloridas por el frío de la piedra, seguí al Padre Vittorio por los pasillos familiares que ahora me parecían un laberinto de mi propia culpa.
La madera gruesa de la puerta de su oficina crujió cuando él llamó con dos golpes suaves, casi un susurro.
—Adelante —respondió la voz de la Madre Agnese di Martino, firme y seca como una losa de mármol sobre un sepulcro.
Entré, sintiendo que cada centímetro que avanzaba era un paso más hacia mi propio juicio final.
La Superiora estaba de pie junto a la ventana alta, su silueta recortada contra la lluvia que resbalaba por los cristales. Tenía las manos entrelazadas a la espalda, en una pose de autoridad inmutable. No se giró al sentir nuestra presencia. El aire olía a cera vieja y a papel polvoriento.
—Así que decidiste, por cuenta propia, negociar con un mafioso —dijo, sin volverse. Sus palabras cay