VALENTINA
Intento servirle, pero mis manos no obedecen. Una galleta cae. Él se inclina, la recoge con una lentitud deliberada y sus dedos rozan los míos. El contacto es breve, eléctrico. Se me escapa un jadeo. Retiro la mano como si me hubiera quemado y la llevo al pecho, donde el crucifijo reposa frío sobre una piel que arde.
—¿Cuál me recomienda? —pregunta—. Busco algo dulce, adictivo… algo que se quede grabado en la memoria. Como el primer beso.
Trago saliva sin mirarlo. Señalo un postre.
—Ese… es delicioso.
—Tiene buena pinta —murmura—. El aroma es dulce, pero… ¿me asegura que es lo que busco?
Alzo la vista y descubro que me ha estado observando todo este tiempo
—Debería probarlo primero.
—Hay un sabor en mi memoria —dice, lamiéndose los labios—. Peculiar. Dulce. Prohibido. Uno que desearía probar una vez más.
Mis nervios me delatan. Él suspira, toma el postre y le da una mordida sin apartar la mirada de mí.
—Parece nerviosa, sorella —observa con calma cruel—. ¿Le sucede algo?
—N