VALENTINA
Intento servirle, pero mis manos no obedecen. Una galleta cae. Él se inclina, la recoge con una lentitud deliberada y sus dedos rozan los míos. El contacto es breve, eléctrico. Se me escapa un jadeo. Retiro la mano como si me hubiera quemado y la llevo al pecho, donde el crucifijo reposa frío sobre una piel que arde.
—¿Cuál me recomienda? —pregunta—. Busco algo dulce, adictivo… algo que se quede grabado en la memoria. Como el primer beso.
Trago saliva sin mirarlo. Señalo un postre.
—E