DORIAN
Han pasado dos semanas desde que comenzaron las negociaciones con Enzo Falconi. Dos semanas de llamadas medidas, de intermediarios nerviosos y silencios estratégicos en las que dejé que creyera que el tiempo jugaba a su favor, que yo estaba ansioso, herido, debilitado. Hoy, finalmente, aceptó reunirse conmigo para “acordar un pago justo”. Esa fue la expresión que usó. Justo. En nuestra ciudad, esa palabra siempre significa sangre o rendición.
El lugar del encuentro es uno de sus restaurantes más elegantes. Demasiado elegante. Un local céntrico, lleno de comensales que ignoran que están cenando sobre una posible fosa común. Mármol pulido, lámparas cálidas, música suave. Un escenario perfecto para fingir normalidad mientras se decide quién respira mañana. Cada centímetro del lugar está vigilado. Cámaras ocultas, guardias camuflados entre camareros, salidas secundarias bloqueadas. Falconi nunca improvisa. Siempre deja varias rutas abiertas para matar… o escapar.
Yo también.
Entro