CAPÍTULO 13

VALENTINA

Ha pasado una semana. Un viernes más en la plaza, pero el aire sabe distinto; huele a vigilancia y a miedo contenido.

Caminamos desde el convento con los carros chirriantes. Nadie canta. Los niños susurran, contagiados por la tensión que nos envuelve a todas.

Esta vez tomamos precauciones. Bajo mi mesa, oculta por un faldón de lona gruesa, hay una caja forrada en paño negro. Cada billete que entra es rápidamente transferido, deslizado entre los pliegues de nuestros hábitos, dispersado.

Hoy, la Madre Agnese nos acompaña. Se instala en un extremo de la plaza, erguida e inmóvil como una gárgola de carne y hueso. Cuando me acerco con una bandeja, murmura sin mover los labios.

—Tengo el dedo en el gatillo. Si alguno de esos animali se acerca más de lo debido, aprenderá a respetar la casa de Dios.

Las ventas comienzan, lentas al principio, luego con un flujo constante. Las monedas tintinean, un sonido que ya no es alegre, sino el eco de una necesidad que nos mantiene expuestas.

Ma
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