MATTEO
Me sirvo un trago generoso y me dejo caer en uno de los sofás de cuero. El alcohol quema, pero no tanto como la noche.
—Será una maldita noche larga —murmuro, bebiendo despacio.
Alessio, mi mano derecha, se ríe por lo bajo. Una risa seca, sin humor. Se sirve un trago y se sienta a mi lado.
—Pensé que los ibas a matar aquí mismo.
Giro apenas la cabeza.
—Es lo que más me habría gustado —respondo—. Pero un cadáver no habla. Un mutilado sí. —Le doy otro sorbo—. El mensaje tiene que ser llevado… y entendido.
Alessio asiente, aunque duda.
—Con todo respeto, señor…
Lo miro. Basta eso para que calle un segundo.
—El viejo Martinelli —continúa con cautela— no se habría molestado tanto. Los habría arrojado frente a la puerta de Di Santis. Desangrándose. Sin discursos.
Sonrío de lado.
—Mi primo no es como su padre —digo, casi con orgullo—. Bebo de nuevo—. Y eso… eso es bueno para nuestros planes.
El ex jefe Martinelli gobernaba con terror inmediato. Dorian gobierna con algo más peligroso: