MATTEO
Son casi las once de la noche cuando las ratas de Di Santis entienden que no van a salir caminando como entraron. El lugar no es un depósito abandonado ni una bodega improvisada, como las que usan otros clanes cuando quieren ensuciarse las manos.
Eso es lo primero que siempre noto. Los Martinelli no castigan en la miseria.
El edificio pertenece oficialmente a una antigua sociedad naviera, una fachada legal que duerme tranquila en los registros del puerto.
Los dos tipos están atados a sillas de hierro, las muñecas hinchadas por las bridas, los tobillos morados. Les dimos lo justo porque todavía deben escuchar.
Uno llora en silencio, babeando sangre. El otro intenta mantener una dignidad que ya no tiene, aunque la nariz torcida y el ojo cerrado le traicionan el esfuerzo.
Coloco el teléfono sobre la mesa metálica. El golpe seco resuena como un disparo pequeño. Activo la videollamada y giro la pantalla hacia ellos.
Dorian aparece sentado en su silla de cuero detrás de su escritorio