MATTEO
Son casi las once de la noche cuando las ratas de Di Santis entienden que no van a salir caminando como entraron. El lugar no es un depósito abandonado ni una bodega improvisada, como las que usan otros clanes cuando quieren ensuciarse las manos.
Eso es lo primero que siempre noto. Los Martinelli no castigan en la miseria.
El edificio pertenece oficialmente a una antigua sociedad naviera, una fachada legal que duerme tranquila en los registros del puerto.
Los dos tipos están atados a sil