VALENTINA
Me arrodillé frente a mi cama estrecha, el colchón delgado y duro bajo mis rodillas. Después de un suspiro que venía desde lo más profundo de mis entrañas, deslicé la mano bajo la funda de la almohada. Mis dedos encontraron, escondido como un pecado mortal, el objeto frío y liso: la tarjeta negra con los bordes dorados que Dorian me había entregado aquella noche en su oficina. La sostenía en la palma de la mano, y el brillo del oro parecía burlarse de la sencilla cruz de madera que co