VALENTINA
Él sonrió, no un gesto de alegría, sino de pura lujuria por el desafío. Alzó una mano y, con una lentitud obscena, pasó la yema de sus dedos por mi mejilla, recogiendo una lágrima de rabia o de sudor frío. Su toque era como seda sobre una herida abierta.
—Podría poseerte por la fuerza —susurró, su voz un ronroneo peligroso—. Aquí, ahora, sobre este escritorio. Podría reducirte a llanto y sumisión en minutos, y nadie en este edificio se atrevería a intervenir. Pero no soy ese tipo de h