VALENTINA
El reloj del vestíbulo acababa de dar las cinco cuando el eco de los portones de hierro al abrirse de golpe resonó como un disparo en el silencio post-incendio. No fueron los camiones de donaciones. Fue un coche patrulla, que se detuvo con brusquedad frente a la entrada principal.
Un nudo de hielo se formó al instante en mi estómago. Desde la ventana de la lavandería provisional, vi a dos hombres salir. Llamaron al timbre con insistencia, y una de las hermanas con la mirada asustada,