CAPITULO 49

VALENTINA

El reloj del vestíbulo acababa de dar las cinco cuando el eco de los portones de hierro al abrirse de golpe resonó como un disparo en el silencio post-incendio. No fueron los camiones de donaciones. Fue un coche patrulla, que se detuvo con brusquedad frente a la entrada principal.

Un nudo de hielo se formó al instante en mi estómago. Desde la ventana de la lavandería provisional, vi a dos hombres salir. Llamaron al timbre con insistencia, y una de las hermanas con la mirada asustada,
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