MARCO
El peso en mi pecho no se alivió; se transformó. No tenía un nombre concreto para empezar mi investigación, pero sí una sospecha nítida y venenosa: el responsable estaba siendo encubierto, y la mano que sostenía la capucha era la de la madre superiora.
Una presencia familiar se materializó a mi lado, invadiendo mi espacio personal con su habitual falta de tacto. Rinaldi. Se inclinó hacia mi oído.
—No tenemos nada aún, ¿verdad?
—Nada concreto —admití, sin apartar la vista de la figura rígi