VALENTINA
El almacén olía a salitre, madera podrida y a la humedad que se filtraba del mar cercano. Tras el shock inicial, la rabia y el ofrecimiento absurdo de Bellini de dejarse golpear, un silencio pesado se había instalado. Él se levantó, buscó en una bolsa de papel arrugada y sacó dos cajas de cartón. Las colocó sobre una caja de madera que hizo de mesa improvisada.
—Empanadas de carne —dijo, abriendo una—. Y por aquí, pizza de pepperoni. Tome. —Me deslizó una caja y una lata de cola fría