VALENTINA
El detective Bellini tiene algo en la mirada. Algo que no debería notar… y sin embargo noto.
No es bondad. Es calidez. Una peligrosa. De esas que no prometen nada y aun así invitan a acercarse. Eso es lo que me perturba. Y lo que me hace sentir culpable. Y viva.
—Está bien… solo un momento —murmuro, como si me estuviera dando permiso a mí misma.
Me sostiene la puerta del coche con naturalidad. No hay prisa. No hay presión. Subo, y mientras avanzamos, siento su mirada volver a mí más de una vez. No es descarada, es atenta. Como si intentara leer algo que ni yo me atrevo a nombrar.
En la heladería pide dos conos, uno de fresa para mí y uno de vainilla con chispas de chocolate.
Cuando me lo entrega, nuestros dedos se rozan. Es un contacto mínimo, casi inocente, pero el cosquilleo me sube por el brazo como una confesión.
—Gracias —digo en voz baja.
Nos sentamos en un banco bajo un árbol. Lamo el helado con timidez, consciente de su atención, de cómo su silencio no pesa sino acom