DORIAN
Continúo de pie frente al ventanal, viendo cómo la ciudad se empapa bajo una lluvia fina y pertinaz. Detrás de mí, la oficina es un silencio caro, roto solo por el tictac del reloj de pared y el leve sonido de las teclas en la laptop de Gaetano.
Hasta que la puerta se abre sin el aviso de un golpe.
Matteo entra y se apoya contra el marco de la puerta, cruzando los brazos, como un actor que sabe que tiene un papel bueno.
—Tenemos un pequeño escándalo, padrone —anuncia, y su voz tiene ese tono de quien comparte un chiste privado, sórdido—. De los que venden periódicos. Niños intoxicados el día de ayer en el orfanato Santa María, nada menos. Imagínate el drama: ambulancias, médicos corriendo, monjitas histéricas rezando en los pasillos, cruces al aire. Y la policía, por supuesto, con esa cara de mártir aburrido que ponen cuando el caso es demasiado triste para su café de la mañana.
No me giro.
—Continua.
—Parece que alguien se puso juguetón en la cocina —continúa él, con un deje b