VALENTINA
El sol de la mañana se filtra con desgano por los vitrales del Orfanato. La luz no entra limpia: se rompe en colores cansados, como si incluso Dios dudara en mirarnos de frente. Camino por el pasillo con un nudo en el estómago. Rezo, pero no pido milagros. Hace tiempo dejé de creer que llegan a tiempo.
Entonces los escucho unas voces, pasos presurosos. Mi corazón se acelera antes de verlo. El inspector Bellini cruza el portón principal, su sola presencia altera el aire.
La Madre Superiora lo recibe. Está erguida, perfecta, el rosario enredado en sus dedos como una extensión natural de su mano. Su rostro es sereno; sus ojos, no. En ellos no hay fe, hay cálculo.
—Inspector Bellini —dice, con esa voz suave que aprendí a temer—. Qué gusto tenerlo aquí… otra vez.
Yo me detengo a unos pasos, suficiente para que no me vean pero, donde puedo escucharlos.
—Vengo a llevar a la hermana Valentina a la comisaría —responde él.
Siento el golpe antes de entenderlo. Comisaría. La palabra pes