La noticia no llegó a Francesco como llegan las tragedias evidentes, con gritos o sangre. Llegó envuelta en silencio. En un vacío demasiado limpio para ser casual.
Primero fue la ausencia.
Dos llamadas sin respuesta.
Luego tres.
Después, el teléfono de Anabel apagado.
Francesco se quedó de pie en medio de su despacho, con el móvil aún en la mano, mirando un punto fijo en la pared como si esta pudiera devolverle algo. El lugar estaba intacto: madera oscura, cuadros caros, seguridad en cada esqui