La noche cayó sobre la prisión con un peso casi físico. El murmullo lejano de los guardias, el eco metálico de las rejas y el olor a humedad componían un escenario que ya no les resultaba ajeno. Vincenzo y Valeria permanecían sentados en los extremos opuestos de la celda, como si la cercanía pudiera traicionar la gravedad de lo que estaban a punto de decidir.
La pasión había dejado un residuo peligroso: la sensación de invencibilidad. Y eso, ambos lo sabían, podía ser tan letal como el miedo.
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