—Renunciaré al hospital —dijo Alma interrumpiéndolo finalmente con la voz rota por el agotamiento y la desesperación—. Me iré de Moscú… quizás San Petersburgo o más lejos. Donde no pueda encontrarme.
Yuri levantó la mirada. Por primera vez en toda la noche, no tenía una respuesta sarcástica preparada. Solo tristeza profunda y resignada cruzaba su rostro.
—¿Crees que un hombre como Nikolai Romanov te dejerá ir así de fácil? —preguntó en voz baja.
Alma tragó saliva.
No.
Claro que no lo haría, per