El silencio en el despacho era tan espeso que se podía oír el tic-tac del reloj de pared.
Oswald estaba de pie frente al ventanal, la vista perdida en el horizonte azul del mar. Aún vestía con la misma camisa de la noche anterior, arrugada en los puños, con las sombras del cansancio marcadas bajo los ojos.
No había dormido.
Cuando Gwen tomo asiento en también se sentó en su escritorio.
Oswald asintió con un leve movimiento de cabeza.
No quería hablar de la noche anterior. No podía.
Si lo hacía,