La mano de Elena permaneció extendida en el aire, suspendida en el espacio cargado de estática y polvo del laboratorio subterráneo.
Carmen Vargas miró esa mano.
Era la mano de la mujer que le había robado el cariño de su padre (o al menos, eso había creído hasta hace cinco minutos). Era la mano de la mujer a la que había intentado drogar, gasear y destruir psicológicamente.
Carmen se limpió la sangre del labio —se lo había mordido hasta hacerlo sangrar mientras veía el video de la muerte de Ale