El jardín de la Mansión Vargas era una mentira botánica.
Bajo el sol de mediodía, las rosas florecían con una perfección saturada, demasiado rojas, demasiado abiertas. El césped estaba cortado a una altura milimétrica, un tapiz verde artificial que parecía rechazar la idea misma de la naturaleza salvaje.
Elena caminaba por el sendero de grava blanca, con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando contener el temblor que le recorría el cuerpo tras el enfrentamiento en el comedor.
Carmen habí