El sol de la mañana entraba en el comedor con una insolencia brillante, reflejándose en la plata y el cristal, castigando los ojos de cualquiera que tuviera una resaca de cognac de tres mil euros.
Carmen Vargas entró en la sala con gafas de sol oscuras de montura oversize.
Caminaba con su habitual elegancia depredadora, pero Elena, que la observaba desde la mesa ya puesta, notó las micro-fracturas en su armadura. El paso era un poco más rígido de lo normal. Había una tensión en la mandíbula. Y