El despacho olía a la decadencia de un imperio. Cognac derramado, cera derretida y el aliento agrio de una mujer que había colapsado bajo el peso de su propia corona.
Elena se quedó inmóvil, con el teléfono desbloqueado de Carmen en una mano y el corazón latiendo en su garganta con tanta fuerza que temía que el sonido despertara a su hermana.
Pero Carmen no se movió. Sus ronquidos eran suaves, rítmicos, interrumpidos ocasionalmente por un espasmo muscular, como si incluso en sueños estuviera pe