El aire se había convertido en leche. Una leche espesa, química y venenosa que llenaba el sótano con una velocidad aterradora, borrando los contornos de la realidad.
—¡Tapa las salidas! —gritó Rafael. Su voz sonó amortiguada, como si hablara desde el fondo de una piscina.
Se quitó la chaqueta de cuero, esa segunda piel que lo había protegido del asfalto y las balas, y la lanzó contra el techo, tratando de bloquear la batería de aspersores que siseaba sobre sus cabezas.
Fue inútil.
La presión de