Lo primero que volvió fue el olfato.
Elena esperaba oler a humedad, a papel podrido y al dulce aroma químico del gas Fentanyl. Esperaba sentir el cemento frío contra su mejilla y el peso muerto de su cuerpo paralizado.
Pero no olía a muerte.
Olía a lavanda fresca. A cera de muebles cara. A café recién hecho y tostadas con mantequilla.
Elena abrió los ojos.
La luz no era el resplandor rojo de una alarma, ni el haz blanco de una linterna táctica, ni la luz estroboscópica de una sala de tortura.
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