El hielo en el vaso de cristal tallado se había derretido hace horas, diluyendo el Macallan de treinta años en un agua ámbar y triste.
Diego Salazar miró su propio reflejo deformado en el fondo del vaso.
Vio a un cobarde.
Vio a un hombre que había tenido la oportunidad de redimirse en el cementerio y había terminado retorciéndose en el suelo bajo una descarga eléctrica, mientras Elena huía sola hacia la oscuridad.
—Eres patético —le dijo a su reflejo.
Levantó la vista.
En la enorme pantalla de