El amanecer se filtró a través de las rendijas de los postigos de madera, dibujando líneas de polvo dorado en el aire viciado de la cabaña.
No era la casa del Raval. Era el viejo refugio de campo de Doña Luisa, una estructura de piedra y vigas de roble escondida en las estribaciones del Montseny, a donde habían llegado de madrugada para cambiar la furgoneta, que ya estaba demasiado "caliente" para seguir usándola.
Por primera vez en cuarenta y ocho horas, hubo un sonido que no era un grito, ni