El callejón trasero del banco olía a orina vieja y lluvia ácida. Era un agujero oscuro entre dos edificios, protegido del viento aullante de la azotea pero no del frío que se filtraba hasta la médula.
Elena se dejó deslizar por la pared de ladrillo hasta quedar sentada en el suelo mojado. Su brazo herido palpitaba con un ritmo de tambor de guerra, caliente y furioso, pero el resto de su cuerpo estaba entumecido.
Solo escuchaba una cosa.
*Crash.*
El sonido del impacto de la mochila contra el asf