*Bzzzzzt. Bzzzzzt.*
El teléfono de Rafael, apoyado en el salpicadero del coche robado, vibró contra el plástico duro.
En el silencio sepulcral de la cabina, el sonido fue tan violento como un disparo.
Elena y Rafael se quedaron inmóviles. El motor estaba apagado. La lluvia golpeaba el techo con un ritmo monótono y lúgubre, aislando el vehículo del resto del mundo. Estaban aparcados en una zona industrial oscura, lamiéndose las heridas, tratando de procesar la magnitud de su derrota y el pequeño