El silencio en la sala de juntas de Apex AI no era pacífico. Era estéril.
Era el tipo de silencio que se encuentra en una morgue de alta tecnología o en el vacío del espacio. Las paredes no eran de ladrillo ni de madera; eran paneles de vidrio inteligente que cambiaban de opacidad con un parpadeo. La mesa de conferencias, un óvalo inmenso de un material blanco y pulido que parecía hueso, reflejaba la luz fría de los halógenos.
Diego Salazar estaba de pie junto al ventanal panorámico, mirando ha