El taxi los dejó a tres calles de distancia. El conductor ni siquiera apagó el motor; simplemente desbloqueó las puertas y miró por el retrovisor con impaciencia.
—Más allá no entro —dijo, escupiendo las palabras—. Es territorio de nadie.
Elena bajó del coche. El calor la golpeó en la cara como un trapo sucio y húmedo.
No estaban en la Barcelona turística. No había Gaudí aquí. No había turistas comprando imanes de nevera ni brisa marina fresca.
Estaban en la Zona 4. Un eufemismo administrativo