La luz de la farola parpadeaba con un zumbido eléctrico, arrojando una luz amarilla y enferma sobre el callejón sin salida.
Elena estaba apoyada contra un muro de ladrillo cubierto de hollín, tratando de que el oxígeno volviera a entrar en sus pulmones quemados. Sus piernas temblaban. La adrenalina de la persecución se estaba evaporando, dejando paso a un frío que le calaba los huesos.
—¿Los perdimos? —preguntó. Su voz era un hilo de humo.
Rafael no contestó. Estaba inmóvil frente a ella, con l