Crac.
La madera del marco de la puerta cedió con un gemido agónico. La cerradura saltó por los aires, tintineando contra el suelo del pasillo como una moneda de mal agüero.
—¡Ya! —gritó Rafael.
No hubo tiempo para pensar. No hubo tiempo para el miedo racional.
Rafael empujó la ventana trasera hacia arriba. El aire frío de la noche de Barcelona entró como una bofetada húmeda, oliendo a mar y a basura.
—¡Sal! —ordenó él, empujándola hacia el vacío.
Elena trepó por el alféizar. Sus tacones resbala