El cielo sobre Chefchaouen era de un azul infinito, cruelmente idéntico al suelo bajo sus pies. Arriba y abajo se fusionaban en un vértigo cerúleo que mareaba los sentidos.
Carmen Vargas resbaló.
Sus babuchas baratas no encontraron tracción en las tejas de arcilla vidriada de una azotea inclinada. Sus pies salieron disparados hacia adelante y su cuerpo cayó de espaldas, deslizándose imparablemente hacia el borde, hacia una caída de cuatro pisos sobre un patio interior de piedra.
—¡Diego! —su gr