La llamada a la oración del almuerzo (Dhuhr) estalló desde los minaretes de la Gran Mezquita, rebotando contra las paredes encaladas de la Medina de Tánger. El sonido era omnipresente, una vibración sónica que hacía temblar el polvo suspendido en el aire caliente y sofocante.
Carmen Vargas bajó la cabeza.
Se ajustó el hijab de algodón gris barato que le cubría el pelo rubio, asegurándose de que ningún mechón dorado la traicionara. Llevaba una chilaba desgastada, comprada en un mercadillo de seg